Es natural en la vida de los que nos dedicamos a la escritura amateur sentirnos tentados por la idea de dar un paso más, de salir de nuestros borradores y textos incompletos para adentrarnos de lleno en el mundo de la literatura. Aunque quizás no sea nuestro objetivo dedicarnos a la escritura a nivel profesional, el solo hecho de leer ya nos es insuficiente para satisfacer nuestras necesidades y curiosidades como escritores.

Una gran opción cuando se nos plantea esta cuestión, son los talleres literarios. Basta buscar en internet o en cualquiera de las redes sociales para encontrarnos con cientos de oportunidades: presenciales o a distancia, dados por escritores, editores y todo tipo de profesionales, etc. Como la oferta es amplia y varía mucho dependiendo de los recursos y de la ubicación geográfica de cada uno, en esta oportunidad hablare de mis experiencias que no fueron muchas, pero sí muy diversas.

Desde el momento en que entendí que quería hacer de la escritura algo más que un simple hobbie, he realizado tres talleres literarios, muy distintos entre sí. El primero fue hace aproximadamente tres años. Llegué a él, como comenté anteriormente, buscando en internet, sin saber qué buscaba realmente. Recuerdo que se dividía en tres cursos distintos que aumentaban su dificultad progresivamente. Por inseguridad y por sentirme poco preparado, opte por el nivel inicial. El taller consistía en cuatro o cinco encuentros. Las primeras clases fueron puramente teóricas, lo típico que uno ve en las clases de lengua del secundario o en cualquier curso básico en la web. Luego de toda esa teoría, la última clase, debíamos llevar un texto -cuento o relato- producido por nosotros para leer, compartir y si alcanzaba el tiempo -por supuesto que no alcanzó- corregirlo entre todos. Esta fue, quizás, una de las experiencias más importante para mí en materia de literatura. Por primera vez en mi vida de pseudoescritor, debía escribir un texto con una fecha límite, para ser leído y corregido frente a otras personas.  Por más ridícula que pueda parecer esta experiencia, les aseguro que, para los que acostumbramos a escribir solos y guardar nuestros textos sin que jamás vean la luz, esta barrera, la de exponerse, de arriesgarse es la más importante –y la más difícil- de cruzar.

El segundo taller fue meses después, a principios del año 2015 y en un momento donde, por distintas circunstancias, había dejado de escribir. Similar al caso anterior, llegue a este curso por medio de las redes sociales. En este caso quien dictaba el taller era un escritor argentino publicado y que, si bien yo no lo conocía, descubrí que mucha gente de mi entorno sí. Me llevé una grata sorpresa cuando, al preguntar, él me ofreció hacer una entrevista personal para saber cuáles eran mis expectativas con respecto al curso. El grupo fue de aproximadamente diez personas las primeras clases y luego menguó hasta quedar unos cuatro o cinco. Aquí no había teoría, solo algunos cuentos que el profesor nos recomendaba de cuando en cuando y que luego discutíamos y analizábamos entre todos. El ejercicio era simple: cada clase (incluso la primera), debíamos llevar textos escritos por nosotros, para leer en público y corregir. La verdad es que producir un texto por semana (esa era la periodicidad de las reuniones) me resultaba casi imposible teniendo en cuenta el trabajo, la universidad y, casi en mayor parte, la falta de ideas. Como positivo de esta experiencia puedo decir que, contando todos mis textos anteriores a comenzar el taller, seguramente no llegue ni a la mitad de los que produje durante los meses que duro el mismo. Si, a veces eran textos forzados, con ideas trilladas o finales aburridos. Pero también, cada tanto, aparecían textos interesantes, en su mayor parte, cuando me animaba a salir de mi zona de confort y abordar -como pudiese-, formas y temáticas nuevas. Como negativo se me ocurren solo dos cosas, pero creo que importantes para tener en cuenta. La primera es la imposibilidad de cumplir con la producción necesaria. Si bien es verdad que uno también aprende de los proyectos de los demás, tener que viajar por más de una hora para no participar, muchas veces inhibía mis ganas de ir. El segundo problema fue que, al ser un grupo reducido y ser el profesor de una personalidad y estilos muy fuertes, todos terminamos consciente o inconscientemente, produciendo textos muy similares entre sí. Por eso, es más que importante si decidimos elegir un taller brindado por un escritor -y es lógico que así sea- buscar sobre él toda la información que podamos. Leer sus libros -no solo el último o el más popular-, leer notas o entrevista que haya dado e incluso leerlo en las redes sociales. De esta forma nos aseguramos que el taller pueda servirnos y no nos sentiremos forzados a escribir algo que no sea de nuestro agrado.

El tercer y último fue este año. Totalmente distinto a los anteriores, se trataba de cursos independientes que trataban temas distintos relacionados a la literatura fantástica. Un fin de semana por mes, un taller por mes y todos podían cursarse sin necesidad de haber concurrido al anterior. En este caso, el taller era dado por la reconocida escritora de fantasía épica argentina Liliana Bodoc. Debo admitir que llevaba mucho tiempo buscando información sobre algún taller dado por ella, es por eso que, apenas me entere de estos cursos no dude en anotarme.  Para los que no la conocen, Liliana es la autora de “La saga de los confines”, una saga de fantasía épica basada en la conquista de América. Entre sus últimas publicaciones están: “Tiempo de dragones”, “Serie elementales” -cuatro libros de cuentos basados en los elementos-, y otros muchos libros para el público infantil. La experiencia fue realmente maravillosa. Si bien los grupos eran amplios –más de veinte personas- el trato y la calidad humana que tiene Liliana hacían que todos puedan sentirse integrados y partícipes de las clases y los ejercicios. Cada día, ella exponía sobre el tema al cual hacía referencia el taller y por medio de ejercicios prácticos nos iba guiando y agregando contenido teórico basado en sus conocimientos y experiencias pero también muy enriquecido por la participación de los otros alumnos que, cabe destacar, era de lo más variada, desde amateurs absolutos como yo, hasta profesionales. Sin duda alguna, poder nutrirme de los conocimientos de gente tan amable y capacitada fue una de las mayores motivaciones para seguir escribiendo.

En resumen, y para no hacer de esta entrada un monologo imposible de leer, me gustaría destacar algunos puntos a tener en cuenta a la hora de buscar un taller literario:

  • Averiguar la metodología y el programa –si es que lo tiene- para saber si nuestro nivel se ajusta al taller o si por el contrario, necesitamos algo más básico o estamos listos para algo superior.
  • Asegurarnos de que quien dicte el taller sea de nuestro agrado o, al menos, asegurarnos de que lo que pueda llegar a enseñarnos nos pueda interesar.
  • Analizar nuestra propia capacidad para cumplir con la demanda de textos que requiere el taller. No es lo mismo algo semana que mensual.
  • Por último, pero no menos importante, preguntarnos qué tanto vamos a poder comprometernos con las actividades del taller. Sentirnos obligados a escribir muchas veces logra que uno se frustre y termine dejando de lado algo hermoso, solo por sentirlo una obligación.

 

Me gustaría dejarles para los que se sientan interesados, el link a la pagina oficial de facebook de Liliana Bodoc, donde se publican los talleres que ella dará.