Los dueños

La guardia del hospital estaba repleta de gente. Incluso a esa hora, las dos de la tarde de un miércoles, los pasillos se congestionaban con pacientes de todas las edades: madres sosteniendo bebes, abuelos solos o acompañados por algún hijo malhumorado, obreros con ropa de trabajo sucia y llena de polvo. Cuando por fin pude convencer a mi madre de que me acompañe llevaba tres noches vomitando y sin poder comer ni tomar nada. Recuerdo que pensé en ir yo sola, pero no tenía plata para un remís y aunque la hubiese tenido, nunca había ido a un hospital, no hubiese sabido que hacer. Me quedé de pie en el centro de la guardia mientras mi madre iba y venía expectante a que algún asiento se liberara. Identificó a una abuela que, muy lentamente, se levantaba para irse. La habían llamado del consultorio dos, el único que estaba funcionando en aquel momento. Una enfermera que me creyó perdida se acercó a preguntarme que necesitaba y luego de explicarle la situación —omitiendo la conquista de mi madre— se ofreció a registrarme para ser atendida. Las horas pasaron mientras la gente entraba y salía, siempre manteniendo lleno el lugar. Durante todo ese tiempo mi madre y yo no dijimos una sola palabra, ni siquiera levantó la vista de su celular.

Cuando el doctor me llamó me levanté y, casi a la fuerza, arrastré a mi mamá al consultorio. No es que me fuese a ayudar mucho, pero tenía miedo y no quería estar sola. El doctor era joven, debía tener la edad de mi hermano pensé, que ahora estaría por el barrio tomando cerveza con sus amigos y planeando lo que harían por la noche.

—¿Edad? —preguntó, sin dejar de leer el formulario que la enfermera me había pedido que complete.

—Doce.

—A ver, recostate nena —Me costó un poco subir a la camilla, siempre fui la más baja de mis compañeras, incluso las maestras llegaron a pensar que tenía un problema de crecimiento. Usando su estetoscopio escuchó los sonidos de mi estómago y con sus dedos dio unos pequeños golpes a lo largo de mi abdomen—. ¿Posibilidad de embarazo?

Mi madre levantó la vista por primera vez. Su mirada estaba perdida y creo que le costó algunos segundos recordar donde estábamos.

—¿Embarazo? —preguntó mirándome a los ojos, esperando una respuesta que yo no podía darle—. ¿Estas embarazada Lucia? ¿Quién lo va a mantener?

El doctor llamó a una enfermera que pasaba afuera del consultorio, anotó unas cosas ilegibles en un bloc de papel y se lo dio. Acompáñela por favor, le dijo. Le agradecí con la mirada el haberme liberado de mi madre. Confundida como estaba no hubiese podido soportar sus preguntas y sus gritos; porque ella siempre gritaba, incluso cuando no quería hacerlo. Sonriendo con sus labios pintados de rojo, la enfermera me tomó por los hombros y me guió suavemente hacia la puerta. Salimos a la sala de espera y doblamos por un pasillo de paredes blancas y un penetrante olor a lavandina. Seguimos de largo pasando por la entrada de rayos X y de terapia intensiva. Al final del pasillo se encontraba una puerta blanca, casi del mismo color que las paredes, y a su lado una pequeña ventanilla donde podía leerse «Laboratorio». La enfermera golpeó dos veces con un ritmo que supuse debía ser un código entre el personal del hospital.

—¿Cómo te llamas princesa?

—Lucia.

—Bueno Lu, yo soy Norma. Ahora va a venir otra enfermera y te va a llevar para sacarte sangre. Yo voy a estar acá afuera, esperándote.

—¿Seguro?

La puerta se abrió antes de que pudiese responderme y una señora con un ambo verde le pidió a Norma el papel que el doctor le había dado. Lo leyó, me miró y abrió la puerta indicándome que pase. Mientras entraba la miré de reojo y nuevamente pude notar su enorme sonrisa roja. La extracción duró apenas unos minutos, la enfermera se movía con la agilidad de alguien acostumbrado a repetir los mismos pasos cientos de veces por día. Listo me dijo, y dando un pequeño saltito bajé de la camilla y salí. Afuera me encontré a Norma apoyada en una ventana que daba a un patio interior, fumaba un cigarrillo de esos largos y finitos que mi hermano decía que eran de «putos».

—¿Todo bien? Vení, vamos a comprarte un alfajor, con lo flaquita que sos necesitas comer algo dulce.

Me guió por unos pasillos que doblaban y se cruzaban con otros corredores hasta que llegamos a un pequeño kiosco en el interior del hospital, me preguntó cuál quería y señalándole con el dedo elegí uno de esos triples rellenos de dulce de leche que mi mamá nunca me compraba. Compró uno para ella también y nos sentamos en una ventana mientras los comíamos.

—Decime Lu… ¿Vos sabés cómo quedan embarazadas las mujeres?

—Si —mentí, sin sacar la mirada del alfajor. Tenía vergüenza de decir la verdad. Nunca había hablado de estos temas con mi madre, ni siquiera con mi hermana que ya tenía dos hijos.

Terminamos de comer y volvimos al laboratorio. De una caja ubicada en la ventanilla retiró un papel en el que solo pude leer mi nombre y apellido: Lucia Lucich. Aunque nunca había conocido a mi papá me gustaba el apellido que me había dejado. Eso me hacía quererlo un poco. Norma me dio la mano y juntas caminamos hasta el consultorio del doctor. A excepción de mí, nadie se sorprendió por los resultados. Me indicaron una consulta con el obstetra del hospital que por suerte —si es que había algo de suerte en todo eso— le habían cancelado un turno para el día siguiente. Salí del consultorio temblando y mi madre tuvo que arrastrarme porque había perdido el control de mis piernas. ¿Qué iba a pasar conmigo? ¿Qué tenía que hacer ahora? ¿Me iba a crecer la panza como a mi hermana, que en su último embarazo había aumentado quince kilos?

Esa noche, cuando por fin puede dormirme a pesar de la música y los gritos de mis hermanos, tuve una de las peores pesadillas de mi vida: me despertaba en mi cama, sola, con una panza gigante que me aplastaba y me impedía moverme. Acostada boca arriba solo podía girar la cabeza, pero la oscuridad era absoluta y no podía ver  nada. Desde la cocina se escuchaban las voces de mi madre y mi hermana que reían y gritaban, interrumpiéndose cada tanto para retar a alguno de mis sobrinos. Grité o quise gritar, no estoy segura de que los sonidos salieran de mi garganta, pero nadie venía a ayudarme. Mientras me desesperaba por poder moverme, anclada a mi cama como una ballena en la playa, un llanto de bebe inundó la habitación; primero lo abarcó todo de forma que los gritos de la cocina quedaron acallados y luego comenzó a disminuir hasta que noté que el llanto venia de dentro mío. Era mi bebe el que lloraba. Ni siquiera había nacido y ya estaba sufriendo.

Al día siguiente me costó despertar a mi mamá para que me acompañe al obstetra. Estaba nerviosa, aunque no solo por el bebe que comenzaba a crecer en mí. Supuse que el medico iba a pedirme que me desnude para revisarme. Ya había estado desnuda ante un hombre una vez —Fernando uno de los amigos que solían visitar a mamá—, pero solo había sido un juego. O al menos eso creí en ese momento. Cuando llegamos nos encontramos a Norma que me saludó con un beso y nos acompañó hasta el consultorio del doctor. No sé si ella le avisó, pero en cuestión de minutos alguien gritó mi apellido desde el interior.

El doctor era un hombre mayor, de unos sesenta años, con el pelo blanco muy corto y las manos arrugadas y temblorosas. Con una sonrisa muy amable me saludo ofreciéndome una mano que no paraba de moverse y luego hizo lo mismo con mi madre que lo ignoró y se sentó en una de las sillas frente a su escritorio. Luego de una serie de preguntas que el llamó «de rutina» me pidió que me recueste sobre una camilla.

—Vas a sentir frio, pero con esto vamos a poder ver cómo está el bebe

El gel estaba helado pero lo soporté sin decir nada. El médico —Javier, así se llamaba según el cartelito en su guardapolvos— encendió un monitor, lo giró para que pudiese verlo y comenzó a mover un aparato por mi estómago. Al principio las imágenes fueron difusas: un agujero negro que me causó impresión por imaginarlo adentro mío y algunas manchas grises. Luego de unos minutos detuvo su mano y me miró.

—Se había escondido —dijo riendo—, pero acá está. Mira mamá, tú bebe.

Por instinto mire a mi madre que tenía los ojos clavados en el monitor.

—Te habla a vos Lucia.

Cuando miré la pantalla sentí como el corazón se me detuvo. Estaba ahí, quieto, tan quieto que pensé que estaba muerto. Quizás por eso lloraba, quizás yo no servía como madre y se estaba muriendo. El doctor comenzó a describir las partes que podían verse: la cabeza, el cuerpo, las manitos y justo cuando iba a nombrar las piernas, se movió.

—¡Sáquenlo! ¡Sáquenlo! ¡Sáquenlo! —grité mientras saltaba de la camilla y me acomodaba la remera que se pegó a mi cuerpo por el gel. Antes de que el médico o mi mamá pudiesen reaccionar, Norma entro al consultorio y me abrazó. En ese momento no me di cuenta de lo extraño que fue su aparición, como si se hubiese activado una alarma avisándole que yo estaba en peligro. Me deje abrazar y consolar hasta que ya no me quedaron lágrimas. Cuando por fin me calmé, el doctor me explicó que el embarazo llevaba quince semanas —más de tres meses, aclaró, cuando notó que sacaba la cuenta— y que no se podía interrumpir. Antes de irnos guardó las imágenes de la ecografía en un sobre y se las dio a mi mamá.

—Lu, princesa, ¿te quedas un ratito acá que necesito hablar con tu mamá?

La pregunta me sorprendió. ¿Qué podía  hablar Norma con mi madre que ni siquiera la había saludado? Antes de que pudiese responder doblaron por uno de los pasillos del hospital. Me quedé sola en una enorme sala de espera llena de señoras embarazadas o con bebes. Recuerdo una señora rubia con los labios pintados de rosa que tenía un bolso gigante de donde todo el tiempo sacaba juguetes o baberos para su bebe. Pude ver el brillo en sus ojos cuando ella movía un sonajero y el nene se reía y sacudía sus brazos festejando el espectáculo. Además de esta señora había otras mujeres que parecían tener menos recursos, pero todas ellas, incluso la señora del bolso, tenían algo en común: ninguna tenía mi edad. Mientras espiaba el pasillo por el que se habían ido la vi venir a mi mamá. Vamos, dijo, y la seguí hasta salir del hospital.

—¿Y la ecografía? —pregunté al ver sus manos vacías mientras prendía un cigarrillo como los que fumaba Norma.

—Nos quiere comprar al bebe —dijo mientras dejaba salir el humo de su boca, un humo fino y casi transparente—. Cinco mil para nosotras. La enfermera se encarga de llevarle las ecografías a los dueños, vos solamente tenes que hacerte todos los controles. Cuando nazca, ella se ocupa de entregarlo. Vos no tenes que hacer nada, venís, lo tenes y te vas. No firmas ni un solo papel. Lo hacen pasar como que lo tuvo la otra mujer —hizo una pausa para volver a fumar—.

—¿Qué le dijiste? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.

—¿Vos querías que te lo saquen no? Bueno, es lo mismo pero tarda un poco más.

Después de ese día no volví a ver a Norma. Seguí haciéndome los controles con Javier, el mismo doctor que me hizo la ecografía y siempre, al terminar, mi madre se perdía por los pasillos del hospital y volvía con las manos vacías. Una vez, cuando ya llevaba siete meses de embarazo y el doctor nos dijo que era una nena, me apure a tomar el sobre antes que mi madre y logré robarme una de las fotografías.

Nunca conocí a la pareja que quería comprar a Camila —así la llamé, aunque nunca se lo dije a nadie— pero supuse que debían tener mucha plata porque, además de lo que iban a pagar por ella, nos enviaban regalos. Casi siempre era ropa que como era muy grande se la repartían entre mi hermana y mi mamá. No es que la ropa me importase mucho, cuando la panza comenzó a crecer y mis viejas remeras ya no me entraban me adueñé de un viejo vestido que mi hermana estuvo feliz de intercambiar por unos caros zapatos nuevos. De todos modos ya no salía a la calle, no quería que los vecinos hicieran preguntas cuando me vieran volver sin mi bebe. Sin «el bebe», porque faltaban días para que ya no fuese mío.

Cuando por fin llegó la fecha que fijaron para la cesárea —mi cuerpo era muy chiquito dijo Javier y no podría soportar un parto normal— me internaron en una habitación que estaba vacía a excepción de la cama y una mesita de luz. Para mi sorpresa no había ningún otro paciente junto a mí. Las enfermeras entraban y salían haciendo controles y tomándome la presión, anotaban todo en un papel que siempre se llevaban con ellas. Nadie me decía cuanto faltaba para que me lleven al quirófano. Cuando ya llevábamos más de tres horas de espera mi madre recibió un mensaje en su celular y salió de la habitación. Volvió unos minutos más tarde con Norma y un sobre blanco que guardó en su cartera, una de las que nos habían regalado. Norma pareció reconocerla porque se quedó mirándola durante algunos segundos. La busqué  con la mirada esperando un gesto de consuelo para calmar mis nervios pero me ignoró por completo.

—En cinco minutos la vienen a buscar —dijo mirando a mi madre. Parecía enojada.

Pude imaginar a mamá pidiéndole más plata, inventando historias sobre lo difícil que había sido el embarazo y lo mucho que ella se había sacrificado para que yo estuviese bien. Me hubiese gustado poder pedirle perdón a Norma y contarle que, a pesar de las pocas veces que la vi, ella había sido como una madre para mí. ¿Por qué eso es lo que hacen las madres o no? Abrazar a sus hijos cuando están mal, consolarlos y ayudarlos con sus problemas. Yo sabía que Norma solo quería ayudarme.

El quirófano estaba lleno de médicos y enfermeras que hablaban entre sí sin prestarme atención. Cuando me pusieron la anestesia y todo estuvo preparado intenté esconderme en mi mente para huir de ese lugar. Creía que si lograba olvidarme de todo, sería como si nunca hubiese pasado. Pero solo podía pensar en Camila.

«Bisturí»

Me imaginé a Camila en mis brazos con un vestidito blanco de esos que le ponen a los bebes para los bautismos. ¿La hubiese bautizado? Yo no era muy creyente pero la ceremonia y la fiesta me parecían hermosas.

«Tijeras»

Camila jugando con sus primos antes de ir al jardín. Podría haberla llevado al mismo que ellos, uno chiquito a pocas cuadras de casa pero preferí enviarla a uno en el centro donde le enseñasen a dibujar y tuviese recreos para tomar la leche y dormir la siesta.

«Doyer»

Su cumpleaños de siete, rodeada de sus amigos del colegio. No tiene amigos en el barrio por suerte. Esta hermosa, parada frente a la torta esperando para soplar las velitas con su pelo ondulado como el mío, pero más lindo, más limpio, casi tan alta como yo. Sonríe porque todos la quieren y tiene una caja enorme, llena de regalos esperando para abrir.

«Bisturí»

Tiene quince y ya es una mujer. Vamos juntas a elegir el vestido para su fiesta. A mí me gusta uno blanco con una cola larga, pero ella dice que parece de novia y prefiere el verde con un poco de escote. Tenemos que hacer las tarjetas y la decoración para que peguen con el vestido dice y yo le sonrió porque no importa, porque vamos a hacer todo lo que ella quiera, porque es mi princesa. Mi hija.

«Sutura»

Un llanto inunda la habitación, pero no es un llanto triste como el de mi sueño, tampoco es un llanto de dolor. Siento como el corazón me late al mismo ritmo que el corazón de Camila y es lo único que puedo sentir, el cuerpo no me responde. Veo una enfermera pasar con mi hija —no, ya no es mi hija me digo, pero no me importa— y extiendo lo brazos —creo que los extiendo— esperando que alguien me la traiga, que me dejen abrazarla y consolarla para que deje de llorar. Intento levantarme a pesar de que los doctores me retienen, pero en ese momento llega Norma, habla con la enfermera que está terminando de limpiar a Camila, la envuelve en una manta y se la lleva. ¡No! Grito, pero las palabras no salen, como en mi sueño. Intento una vez más, más fuerte, ¡No! pero nadie me escucha. Lo doctores se mueven a mi alrededor mientras el ruido del llanto se escucha cada vez más lejos, parecen alterados, como si algo no estuviese bien. Claro que algo no está bien, se acaban de llevar a mi hija y ni siquiera pude abrazarla, decirle que la amo y que me perdone. Recién lleva algunos minutos en este mundo y ya necesito pedirle que me perdone. ¿Qué clase de madre hubiese sido?

2 Comments

  1. Muy bueno

Haga feliz a un escritor.

© 2017

Theme by Anders NorenUp ↑