Tiene cáncer dijo, apenas atendí el teléfono. Ni hola, ni ¿cómo estás? Cáncer. No es que el llamado me sorprendiera, o en realidad sí. Lo que no me sorprendió fue el motivo. Desde la muerte de papá, hace más de dos años, mi madre y yo solo nos veíamos cada tres meses y nunca hablábamos por teléfono. Solo nos quedaba una cosa en común, además de la sangre y la partida de nacimiento: Laica, la cocker que papá me regaló cuando termine la primaria y que no fui capaz de arrastrar de esa casa con árboles y jardín en nuestro pueblo a este oscuro mono ambiente en la ciudad.

Yo viajaba al pueblo cada tres meses para ocuparme de Laica. Le compraba comida y juguetes suficientes para ese tiempo y, cuando era necesario, la llevaba al veterinario del pueblo. Faltaba al menos un mes para mi próxima visita, pero esta vez Laica se adelantó. La noche anterior al llamado de mí madre había estado descompuesta y llevaba más de dos días sin comer. Mi madre llamó veterinario antes que a mí. No es que le importase preocuparme, pero ninguna sabría cómo reaccionar ante una visita adelantada. En el consultorio le hicieron análisis y radiografías de los cuales mí madre guardó todos los recibos para dármelos cuando yo llegara (y pedirme la plata, por supuesto). Los resultados fueron determinantes. Tenía cáncer, todo su cuerpo lo tenía. No había tratamiento, por costoso que fuera, que pudiese ayudarla. Mi madre se negó a sacrificarla como sugería el doctor. No por piedad ni por amor a Laica, sino porque esa decisión simplemente no le pertenecía.

Escuché el relato en silencio, con el puño cerrado apretando el celular mientras mi mamá hablaba con su voz fría habitual, como su estuviese entregando un informe que no le interesaba pero que era su deber. Siempre cumplía con su deber, eso nadie se lo podía reprochar. Cortamos el teléfono sin despedirnos y compré el primer pasaje disponible que encontré. Era un viaje de pocas horas en micro, pero las salidas no eran muy frecuentes. El próximo seria al otro día por la mañana. Esa noche no pude dormir.

Llegué a casa cerca de las dos de la tarde. Tenía una copia de las llaves, lo que me permitía entrar cuando ella no estaba. Nunca estaba. Tal vez fuese la incomodidad de tener que saludarnos como madre e hija que hace meses que no se ven. Nunca le preguntaba donde había estado, ni ella me preguntaba a qué hora había llegado. Simplemente pasaba, como todas las cosas entre nosotras. Dejé el bolso en el living e intentando controlar mi cuerpo fui hacia el garaje, donde Laica solía dormir. La primera sorpresa que me encontré en ese viaje fue ver a Laica en la cocina, el lugar sagrado donde mí madre nunca la dejaba entrar. «Rompe todo y se roba la comida» decía, pero yo sabía que simplemente la odiaba. Cuando me vio comenzó a mover la cola e intentó levantarse, pero no pudo. Creo que fue ahí, cuando la vi apoyarse en sus patas y desplomarse sobre las frazadas con un ruido seco, cuando por fin entendí. Se iba a morir, no había nada que hacer. Y yo también me desplome. Me agaché llorando para abrazarla, ella apoyó su cabeza en mi hombro y nos abrazamos. Laica y yo, de una forma que no puedo explicar, nos abrazamos. En parte saludándonos, en parte despidiéndonos.

Escuché el ruido de la llave y los pasos exagerados en el living, pero no me levanté. Podía sentir la presencia de mi madre detrás mío, bajo el marco de la puerta. Finalmente se animó a hablar:

—El veterinario dice que si no empieza a tomar agua va a tener que ponerle suero –dijo mientras caminaba hacia la heladera como si no pasara nada, como si su hija no estuviese llorando en el piso de su cocina.

— ¿Cuánto tiempo? –pregunté.

—Unos días, con suerte… como ahora. Después va a tener dolor, ni siquiera va a poder comer sola. Ya no puede caminar.

—No quiero que llegue a eso —dije, sintiéndome débil e impotente, sin levantar la mirada del lomo del Laica. No quería que me viera así. Nunca supo cómo contenerme cuando estaba triste y, con el tiempo, eso hizo que yo no quisiera ni supiera mostrar mis sentimientos ante ella.

Me levanté y fui al baño esquivando su mirada. Cuando volví había puesto la mesa y la comida estaba servida. Un solo plato, por supuesto. Ella ya había comido, o no, pero compartir un almuerzo era demasiada intimidad para nosotras. Pasó caminando por mi lado y escuché el ruido de la puerta de su habitación al cerrarse. Cuando era chica, a papá y a mí, nos gustaba acostarnos en su cuarto a leer. Nos turnábamos para elegir un libro, aunque él siempre elegía algo que podía gustarme a mí. Había una sola condición, el que elegía el libro le leía al otro. «¿Por qué mamá nunca viene?», le pregunté un día a papá, mientras él me leía un capítulo de Harry Potter (lo habíamos empezado la semana anterior y ninguno se había animado a cambiarlo). No le gusta leer respondió, y esa respuesta tan simple quedó grabada para siempre en mi memoria. Al principio intenté hacer las cosas que a ella le gustaban, pero solo pude pensar en cocinar, mi mamá nunca hacia nada más que limpiar y cocinar. Una mañana, antes de que mis padres despertaran, quise hacer el desayuno. Subiéndome a una silla para alcanzar las alacenas más altas, busqué harina, huevos y leche. No podía usar la batidora ya que el ruido los despertaría, así que improvisé. Cuando mi madre se despertó (siempre media hora antes que mi padre), se encontró con un plato lleno de panqueques (un poco crudos algunos, quemados otros) sobre la mesa, una hija sonriente y orgullosa y las cortinas y el piso llenos de masa. Sin mirarme, tomó el plato de la mesa y lo tiro a la basura y se dispuso a limpiar. Esa fue la última vez que intente acercarme a ella.

Al día siguiente me desperté y Laika seguía recostada en el mismo lugar. Había tomado un poco de agua pero no había comido. Intenté hacerla jugar, levantarla para que recuerde que todavía tenía su patio, sus juguetes y a mí, pero aunque se mostraba contenta de verme no se movió. De la pared, justo sobre la cama de Laika, tomé una foto que no recordaba haber visto la última vez. Me acordaba perfectamente de ese día. Volvía a casa de mi último día en la primaria y, apenas entré, me encontré con una caja sin tapa, envuelta en un moño violeta con bucles que caían por los costados. Ante de que pudiese acercarme ya escuchaba su llanto y las uñas raspando contra el cartón. La alcé en brazos y las dos gritamos de alegría. Corrí a la cocina donde mi papá almorzaba con mi madre, los dos en silencio, y lo abracé sin soltar a Laika. De la emoción, o por inercia, di la vuelta alrededor de la mesa y abracé a mi mamá. ¿Cuántas veces nos habíamos abrazado? Todavía envuelta en una capa de felicidad corrí al patio a jugar con Laika.  Yo le tiraba una pelotita de tenis que nunca supe de donde salió y ella corría y la mordía sin la menor intención de devolvérmela. Corrimos, reímos y nos embarramos. Mi papá salió del umbral de la puerta desde donde nos miraba sonriente y fue a buscar la cámara de fotos. Recuerdo que llamó a mi mamá. Sofía. Me suena tan lejano ese nombre, como si en lugar de ser mi madre fuese alguna tía segunda de otro pueblo o provincia. Ella salió al patio mientras secaba sus manos en el delantal blanco con flores rojas que siempre usaba para cocinar. Sin esperar a que se lo pidieran, tomó la cámara de la mesita del jardín, donde mi padre la había dejado para venir con laika y conmigo, y se dispuso a sacarnos la foto.

—No, la programé. Apretá el botón y vení con nosotros –dijo mi padre. Las dos lo miramos, y tras un largo silencio ella le hizo caso. Nunca discutía lo que papá le pedía, aunque él conocía muy bien sus límites.

El flash se disparó, la foto salió y los tres seguimos con lo que estábamos haciendo. Mi mamá a la cocina, Laika y yo a jugar mientras mi papá nos miraba y nos sacaba más fotos. Era la única foto familiar que teníamos y yo la había olvidado. Ahora, sosteniéndola en mis manos, pude notar algo que antes no había observado. Mi mamá parecía feliz. Dos pequeñas muescas a los costados de su boca, un intento de sonrisa. Un intento pobre, pero sincero. No era de esas sonrisas que usaba con los extraños con los que simulaba tener una familia normal, una vida normal. Era una sonrisa sincera, opacada por sus ojos llenos de lágrimas y de culpa. Culpa por intentar seguir adelante. Culpa por intentar ser feliz.

Busqué en la heladera algo para desayunar mientras pensaba en cómo seguir. Las opciones eran dos: o sacrificábamos a Laika, o esperábamos hasta que el dolor comenzara a ganar terreno y no nos quedase otra opción que sacrificarla o verla sufrir. En realidad, la opción era una sola, la pregunta era cuanto tiempo podríamos dilatarlo por el egoísmo de no querer dejarla ir.

El ruido de las puertas del armario me arrancó de mis pensamientos. Decidí salir a caminar por el pueblo para aclarar mis ideas y también para evitarle a mi madre la molestia de encontrarnos. El olor a tierra mojada, de las señoras que regaban los jardines o baldeaban las veredas limpiaba mis pulmones del humo de los autos y el olor a basura de la ciudad. El tiempo parecía no pasar para esa gente, con las calles de tierra, los locales de ropa o almacenes instalados en las mismas casas de los vecinos. Todo era chico y precario pero íntimo. Por primera vez desde la muerte de papá me pregunté si no me había equivocado al marcharme.  Salí de casa y doblé a la izquierda para no pasar frente a la veterinaria. Lo aceptase o no, sabía que ese sería el lugar donde todo iba a terminar. Los árboles de la plaza sobresalían por encima de las casas bajas y caminé hacia ahí por inercia con la duda y la tristeza guiando mis pasos. Era la plaza donde los domingos salíamos a pasear a Laika, y donde mi padre continuó llevándola luego de que yo me fuera a la ciudad. Me hubiese gustado verla una última vez, corriendo entre los árboles y revolcándose en la arena. El sonido del teléfono me arrancó de mi fantasía. Corrí las tres cuadras que me había alejado de la casa y entré dejando las puertas abiertas a mi paso. Podía escuchar el llanto de Laika desde antes de llegar. Gotas de sudor y de pánico me corrían por la cara. Con las manos apoyadas en las rodillas la miré. No sabía qué hacer. Mi madre me miro a los ojos y un viento frío me recorrió la espalda. Basta dijo, y supe que tenía razón. No sabía si lo decía por Laika o por ella, pero tenía razón. La levanté en brazos, igual que el día en que la vi por primera vez, y corrí cruzando las puertas abiertas de camino al veterinario.

Las siguientes dos horas fueron las más largas de mi vida y, aun así, el miedo al desenlace me hacía querer que no terminasen nunca. Le pusieron suero y me hicieron esperar en la recepción. Un panel de acrílico opaco separaba la mesa de metal donde laika estaba acostada y sedada de la silla donde yo recordaba, extrañaba y necesitaba a papá. Finalmente el doctor salió y con una tristeza que me pareció sincera me dijo que ya estaba, que no podían hacer nada más. Me miró esperando que yo tomara una decisión que el destino ya había tomado, pero que necesitaba ser firmada por mí. No vaya a ser que se nos ocurra culpar a alguien más por las cosas que nos pasan. Asentí con la cabeza sin animarme a mirarlo a los ojos.

—Decile a tu mamá que puede pasar a despedirse.

Miré por la vidriera y la vi parada afuera, temblando. Tenía las manos juntas, contra el pecho, apretando un rosario que nunca había visto en mi vida. ¿Desde cuándo mi madre era creyente? El tiempo se me hizo eterno y la cercanía de la muerte me devolvió a esa sala de hospital dos años atrás:

—Perdonala –dijo mi padre-, antes ella no era así. ¿Antes cuándo? ¿Antes de qué? Pregunté, pero él se limitó a mirarme y pedirme que cuide a Laika. Nunca supe que secreto escondían, pero él se lo llevo a la tumba. A pesar de los años en que parecían ser dos extraños obligados a convivir, él la amaba lo suficiente como para no traicionarla. Ni siquiera al final.

Le hice una seña con la cabeza para que pase pero ella no se movió. Hoy entendí que era lo que la mantenía ahí fuera, congelada. No solo estaba perdiendo a Laika. Estaba perdiendo el último lazo que nos unía, a ella, a papá y a mí. Estaba perdiendo los últimos vestigios de su familia.

Tres meses después, la noche anterior al día en que hubiese viajado —si Laika estuviese viva—, recibí un llamado. El número de teléfono con la característica de mi pueblo titiló en la pantalla del celular. Pensé en no atender, ya sabía lo que iban a decirme. Tomé el primer micro que salía hacia mi pueblo. Esa fue la última vez que recorrí ese camino y que vi esa casa. La última vez que vi esa foto donde los cuatro: papá, mamá, Laika y yo fuimos una familia.