El ruido del motor se escuchó mucho anagujerotes de que la nube de polvo pudiese verse al final del camino. Movidos por la sorpresa, los habitantes del pueblo salieron de sus casas y del interior de las tiendas, agrupándose en las veredas. El pueblo tenía solo cinco manzanas y el único camino de acceso era una larga carretera de tierra que se comunicaba con la calle principal, la única que aún conservaba algo de asfalto.

Cuando el auto alcanzó los primeros metros de civilización, los habitantes se esforzaron por actuar lo más normal que un acontecimiento como aquel podía permitir. Los más fuertes de voluntad regresaron al interior de sus casas, mientras que los demás simularon mantener conversaciones o dar lentos paseos, deteniéndose para mirar las mismas vidrieras semivacías que recorrían a diario.

El auto —un viejo Renault 12 marrón con manchas de óxido que lo cubrían casi en su totalidad— entró en el pueblo aliviado por dejar atrás la irregular calle de tierra, aunque el ruido y las vibraciones del motor no disminuyeron. A paso de hombre, recorrió las dos primeras cuadras ante la furtiva mirada de la gente y se detuvo frente a lo que parecía ser un hotel. Dos veces se sacudió la puerta del lado del conductor antes de abrirse. Del interior de Renault bajó un hombre alto y un poco encorvado, vestía un traje negro, una camisa blanca adornada por un moño negro también. Un sombrero, que se retiró para poder secar su cabeza con un pañuelo, cubría el poco pelo blanco que con elegancia llevaba peinado hacia atrás. Parecía vestido para un funeral. Antes de cerrar la puerta del auto, se inclinó sobre el asiento y tomó una pequeña caja de cedro barnizada con dos iniciales doradas grabadas en la parte superior: «N. A.»

Apurado por el calor que azotaba incluso a esas horas de la tarde, el anciano rodeó el auto y cruzó la puerta del único lugar que podía albergar visitantes en todo el pueblo. El ruido de las campanas al abrirse la puerta hicieron sobresaltar a Ana, la dueña, gerenta y única empleada del hotel, que se encontraba absorta en la ventana intentado adivinar a donde había ido aquel hombre luego de bajar del auto.

—Buenos tardes —dijo, consultando su reloj de bolsillo para corroborar si debía decir buenas tardes o buenas noches.

—Buenos tardes, bienvenido a mi hotel —contestó Ana, que a pesar de los años sin recibir clientes mantenía las costumbres y lo buenos modales—. Imagino que buscará un lugar donde bañarse y poder descansar, debió de hacer usted un viaje muy largo para llegar hasta aquí.

—Así es, llevo dos meses subido a mi auto, viajando y preguntando. Es curioso que no exista una sola señal o mapa que mencione a este pueblo. A decir verdad, comenzaba a creer que no existía.

Ana sonrió nerviosa y, del tablero detrás del mostrador tomó una de las cinco llaves que colgaban. Habitación número cuatro dijo y extendió su mano para para entregarle las llaves deseando terminar lo antes posible con aquella conversación.

—¿Lo ayudo a bajar sus bolsos del auto?

—No es necesario, no traigo nada más que esta caja conmigo. De todos modos, no me quedaré mucho tiempo.

Despidiéndose con un movimiento de su sombrero, el hombre subió las escaleras con un ritmo lento pero firme, cansado por su edad y el tedioso viaje que había emprendido pero aliviado por haber alcanzado al fin su destino. Cuando llegó al primer descanso, antes de que la escalera doblase para perderse en el primer piso, detuvo su paso; «quizás podría hablar ahora con esa señora y poner fin a tan larga travesía de inmediato», pensó. Pero cuando giró para buscarla, Ana ya no se encontraba ahí. «Será mañana, un baño y una cama no me vendrán nada mal».

Fuera del hotel, los habitantes del pueblo formaban un semicírculo dejando la puerta despejada como lugar designado para el orador. Intencionalmente, Ana le había dado al extraño la habitación cuyas ventanas daban a la parte trasera del hotel, donde lo único que podía verse eran kilómetros y kilómetros de campo. Los susurros del tumulto se acallaron en cuanto Ana cruzó la puerta. Escondiendo sus manos en los bolsillos para que no puedan verla temblar, recorrió con sus ojos aquel grupo donde, según pudo constatar, no faltaba ni un solo integrante del pueblo. Tras unos largos segundos de silencio, un hombre de aspecto intelectual con una larga barba entrecana dio un paso al frente y tomó la palabra.

—Ana, querida, cuéntanos lo que has podido averiguar.

Ana inmediatamente se sintió avergonzada y arrepentida por lo corta que había sido su conversación con aquel hombre. Sabía que luego vendrían a preguntarle, pero aquel acontecimiento la había tomado por sorpresa. Con voz tranquila e intentando sentirse segura, les relato lo poco que sabía del anciano: su viaje en auto, las dificultades para dar con el lugar, la falta de pertenencias, el apuro por marcharse y la extraña caja que llevaba con él. El grupo escuchó todo en silencio y, cuando Ana terminó de hablar, esperaron expectantes la devolución del hombre que acariciaba su barba con la mirada perdida. Muy bien, dijo este, en ese caso tendremos que esperar. Seguramente mañana, cuando se encuentre recuperado de su travesía, nos develará sus verdaderas intenciones. Nadie, dijo, mirando especialmente a Ana, debe actuar de forma extraña, por lo que sabemos hasta este momento este hombre podría estar de paso o buscando algún viejo familiar perdido. Todos asintieron con la cabeza y de a poco la multitud —si es que el pequeño grupo de habitantes podía considerarse una multitud— comenzó a dispersarse de vuelta a sus hogares y a sus rutinas.

Al día siguiente, el hombre bajó las escaleras con la primera luz del día. Sobre una de las mesas ubicadas contra los ventanales encontró una humeante taza de café, mermeladas y pan. Todo parecía casero.

—Buen día, ¿ha podido dormir bien? –saludó Ana desde el mostrador, simulando estar ocupada en otros asuntos—. Espero que le agrade el desayuno, las mermeladas las hace la señora Alicia, la dueña del almacén y el pan lo hace su esposo.

—Sin dudas será exquisito. Si no es mucha molestia ¿Podría pedirle un diario? En todo este tiempo arriba de mi auto no he tenido la oportunidad de enterarme de lo que pasa en el mundo.

—Lo siento, el diario local cerró hace ya algunos años, no es que en un pueblo así hubiese mucho que contar. —Por un momento Ana temió estar hablando más de la cuenta. Aún no sabía que había traído a aquel hombre hasta ahí y, en todo caso, no era ella la que decidiría la suerte del extraño visitante.

Con una media sonrisa le restó importancia al asunto y, luego de apoyar la caja de cedro en la mesa, se sentó a tomar su café. Vestía el mismo traje del día anterior que a pesar del viaje realizado se presentaba impoluto, sin arrugas ni mancha alguna. Luego de algunos minutos que a Ana le parecieron eternos, el extraño apoyó su taza vacía sobre la mesa, se acercó hasta el mostrador y como si fuese a consultar por el clima preguntó: «¿Con quién debo hablar sobre el agujero?»

El silencio que se produjo en esa pequeña recepción parecía emanar desde todos los rincones del pueblo. Como si el simple hecho de invocar aquel asunto pudiese despertar a los que se encontraban durmiendo y poner en alerta a los más desprevenidos. Ana dejó caer la lapicera que sostenía en sus manos en un intento desesperado por ganar tiempo. Con una sonrisa de disculpas, se agachó a recogerla mientras esperaba que el color volviese a su cara. Cuando por fin su respiración se asemejó a la normal contestó: El señor Martínez, lo puede encontrar en la biblioteca, es el primer edificio que vio al ingresar al pueblo. El problema había superado sus responsabilidades y en estos casos las normas eran claras, debía derivar el asunto a alguien con mayor autoridad. «El asunto», así se referían al agujero los habitantes del pueblo las pocas veces que se vean obligados a hablar de él. Sin emitir comentarios, el hombre saludo moviendo su sombrero, tomó la caja que había dejado sobre la mesa y salió del hotel.

Recorrió las dos cuadras procurando protegerse del sol bajo la sombra de las casas y los pequeños locales que se intercalaban sin lógica alguna. Podía sentir las miradas de las personas que, curiosas, se asomaban a las ventanas entre susurros y moviendo las manos llamaban a los demás habitantes para que presencien la escena. La biblioteca era un edificio simple, de un solo piso, identificado por un cartel a medio completar donde —se imaginó— debía haber figurado el nombre del pueblo y ahora solo podía leerse: «Bibliotec». Se tomó un momento para observar por las ventanas, pero todas se encontraban protegidas por gruesas cortinas de los colores más variados: azul, verde, morado e incluso negro. Cuando había tomado la decisión de golpear, las pesadas puertas de madera se abrieron y el hombre que había interrogado a Ana frente al pueblo salió a recibirlo.

—Soy Jeremías Martínez, cuidador de la biblioteca del pueblo. Guardián de los libros, como me gusta decir a mí. Lo estaba esperando –sonrió mientras extendía la mano.

—Francisco Alcorta –respondió, sin mostrar sorpresa por el comentario del hombre y, cambiando la caja de mano, aceptó el saludo.

La biblioteca estaba inundada por una profunda oscuridad. Mientras sus ojos se acostumbraban a la penumbra, Martínez corrió las amplias cortinas que dejaron entrar la luz del sol, iluminando una mesa con café y el mismo pan y mermeladas que había probado en el hotel.

—La luz arruina los libros —aclaró el bibliotecario—, ya me he acostumbrado a moverme y trabajar en la oscuridad. Nada bueno para la vista, si me permite el consejo.

Rechazando un segundo desayuno, Alcorta compartió la mesa con su anfitrión apoyando la caja sobre sus piernas. Le hubiese gustado ahorrar las cortesías, pero entendía que aquel hombre era el único que lo podía ayudar.

Muy bien, dijo Martínez, mientras se limpiaba los restos de mermelada de su barba con una humilde servilleta blanca. Vayamos al punto. Mirándolo a los ojos, Alcorta agradeció la sinceridad de aquel hombre y, tomando un largo respiro, comenzó:

—Vine hasta aquí por el agujero.

—Eso es evidente –respondió Martínez, con un tono de fastidio—, en los últimos cien años solo hemos tenido unos pocos visitantes, ninguno que yo llegase a conocer, y todos han venido por lo mismo. Cuénteme porqué se ha tomado tanta molestia, solo para venir hasta aquí sin saber si el agujero es real o no.

El visitante entendió que si quería conseguir algo de aquel hombre, tendría que compartir su historia con él. Con una mano temblorosa, corrió la taza y los frascos de la mesa para hacer lugar a la caja. Se sacó el sombrero y con su pañuelo limpio el sudor de su frente y de su cabeza.

—Esta caja –comenzó— contiene las cenizas de mi padre. Nicanor Alcorta. Mi padre, vera usted, fue un gran diplomático. Su trabajo lo obligó a recorrer el mundo en misiones que podían durar meses o años, pero siempre, al terminar con una, debía comenzar otra en alguna otra parte del mundo. Su documento muestra como lugar de nacimiento un pequeño pueblo de Argentina, no muy lejos de aquí a decir verdad. En cuanto comenzó su trabajo fue asignado a una misión en Italia, luego partió hacia Colombia, donde conoció a mi madre. Dos años después nací yo, a bordo de un barco que buscaba puerto en Estados Unidos. Crecí viendo a mi padre lamentarse por no tener un hogar donde albergarnos a mi madre y a mí. Nuestras vidas transcurrieron entre barcos y embajadas. Siempre que comenzábamos a tomar cariño a algún lugar, una guerra o una crisis nos obligaba a marcharnos. Cuando por fin mi padre decidió retirarse intentó volver a su hogar, pero ya nada había ahí para él. Su vieja casa había sido derribada para dar lugar a uno de esos nuevos locales de internet. La calle donde jugaba de chico era ahora una avenida con un precioso boulevard, pero donde los autos iban y venían a todas horas y apenas si se podía cruzar. Dos días después de aquel triste reencuentro con su infancia, murió en un hotel a pocos metros del lugar donde había nacido. Desde ese momento, entendí que mi misión era encontrarle a mi padre un lugar de descanso. Recorrí todos los países donde habíamos estado acompañado de sus cenizas, pero ninguno me pareció el correcto. Comencé a sospechar que el problema era mío, que era yo quien no podía liberarse y dejarlo ir. Fue entonces cuando, en un bar, no recuerdo ya donde, escuche la historia de un agujero que no pertenecía a este mundo y que su función era, justamente, la de llevarse todo lo que no perteneciera a aquí.

El visitante permaneció en silencio mientras el bibliotecario lo miraba, acariciando su barba con suaves tirones desde la boca hasta el cuello, evaluando la historia que este le había contado. Sin decir nada, se levantó de su silla y se internó en los oscuros pasillos de la biblioteca. Al cabo de unos minutos volvió trayendo con él un libro con tapa de cuero marrón, algo gastado por el tiempo y por las manos que lo habían transportado. Las inscripciones estaban casi borradas pero aún podía leerse en su tapa las letras «J y C», iniciales de su autor. Como en una especie de acto solemne, apoyó el libro sobre la mesa y lo abrió por la mitad. Todas las páginas de aquel libro se encontraban vacías, de un color amarillo húmedo, a excepción de una. La página que eligió el bibliotecario era absolutamente negra por ambos lados. Verla generaba una sensación de vacío, como si una fuerza superior desde el otro lado intentase arrastrarlo a uno.

—Pues ya ve –índico el señor Martínez— el agujero existe, aunque claro, no es propiamente un agujero. Lo que usted ha escuchado es una de las muchas variaciones que ha sufrido el mito de este peculiar libro.

Los ruidos de las respiraciones, la luz del sol que ingresaba por las ventanas e incluso el aire parecía ser absorbido por aquella inusual página en negro. Consciente del peligro que aquello suponía, pero también para recuperar la atención de su invitado, Martínez cerró el libro con fuerza y activó una cerradura de metal que hasta ese momento Alcorta no había notado.

—Permítame que sea yo quien le cuente ahora una historia. Como usted habrá notado, es mi trabajo proteger este libro de los que, sin comprenderlo, desean hacer uso de él. Aunque, para ser sincero, muchas veces me he preguntado si en realidad protejo al libro de la gente o a la gente del libro. Desde hace ya mucho tiempo, generaciones, el pueblo ha dedicado su vida a evitar que las historias sobre él continúen circulando y atrayendo personas con todo tipo de intenciones. Sin ir más lejos, a usted le ha costado dos meses de viaje dar con nosotros. Literalmente, somos un pueblo fantasma, no existimos en ningún mapa, ningún cartel indica hacia donde doblar para encontrarnos. No compramos ni vendemos nada fuera del pueblo, todo lo que usted ve fue construido, bordado o cocido por algún habitante. Al principio todos cumplían con sus tareas orgullosos de servir a una causa mayor, pero con el tiempo, la rutina y el aislamiento fue consumiendo nuestras vidas. Algunos, incluso, afirman que es el libro el que las absorbe. Las parejas dejaron de tener hijos, a nadie le pareció correcto condenar a un chico a una vida de aburrimiento. Dígame señor Alcorta ¿Sabe usted como se llama este pueblo?

Alcorta se sorprendió por la pregunta y, buscando en sus recuerdos, debió reconocer que no lo sabía. Todas las personas a las que les preguntó le habían dado indicaciones, algunas irreales, otras contradictorias, pero nadie había mencionado un nombre.

—Bueno, no se preocupe —continuó Martínez—, yo tampoco lo sé. Ya nadie lo recuerda. Supongo que algún libro dentro de esta biblioteca lo mencionará, pero no tiene sentido buscarlo porque si lo encontrara tendría que quemarlo o lanzarlo al agujero y siempre es triste ver morir a un libro ¿no cree usted?  —Alcorta afirmó con la cabeza sin poder quitar la vista de la mesa. La idea de que el libro, el agujero, tuviese vida comenzó a rondar en su mente.

—Discúlpeme señor Martínez, pero hay algo que no entiendo. Si usted, ustedes, se han tomado todas estas molestias para desaparecer, si han entregado sus vidas y sacrificado sus descendencias… ¿Por qué me cuenta todo esto? ¿No tiene miedo acaso, de que al irme decida contar todo esto que usted me dice, o, peor aún, plasmar la historia por escrito?

El bibliotecario apoyó sus manos sobre el libro y, negando con la cabeza, dejó escapar un suspiro.

—Señor Alcorta —dijo, como si lamentase las palabras que iba a pronunciar—, a esta altura creí que ya habría entendido.

Sin quitar la vista de su invitado destrabó la cerradura de metal que protegía al libro.

—Entre por favor.