En esta sección subiré cuentos y relatos escritos por mi, con la idea de compartirlos y con sus comentarios y sugerencias poder mejorar día a día.

Los dueños

La guardia del hospital estaba repleta de gente. Incluso a esa hora, las dos de la tarde de un miércoles, los pasillos se congestionaban con pacientes de todas las edades: madres sosteniendo bebes, abuelos solos o acompañados por algún hijo malhumorado, obreros con ropa de trabajo sucia y llena de polvo. Cuando por fin pude convencer a mi madre de que me acompañe llevaba tres noches vomitando y sin poder comer ni tomar nada. Recuerdo que pensé en ir yo sola, pero no tenía plata para un remís y aunque la hubiese tenido, nunca había ido a un hospital, no hubiese sabido que hacer. Me quedé de pie en el centro de la guardia mientras mi madre iba y venía expectante a que algún asiento se liberara. Identificó a una abuela que, muy lentamente, se levantaba para irse. La habían llamado del consultorio dos, el único que estaba funcionando en aquel momento. Una enfermera que me creyó perdida se acercó a preguntarme que necesitaba y luego de explicarle la situación —omitiendo la conquista de mi madre— se ofreció a registrarme para ser atendida. Las horas pasaron mientras la gente entraba y salía, siempre manteniendo lleno el lugar. Durante todo ese tiempo mi madre y yo no dijimos una sola palabra, ni siquiera levantó la vista de su celular.

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El Agujero

El ruido del motor se escuchó mucho anagujerotes de que la nube de polvo pudiese verse al final del camino. Movidos por la sorpresa, los habitantes del pueblo salieron de sus casas y del interior de las tiendas, agrupándose en las veredas. El pueblo tenía solo cinco manzanas y el único camino de acceso era una larga carretera de tierra que se comunicaba con la calle principal, la única que aún conservaba algo de asfalto.

Cuando el auto alcanzó los primeros metros de civilización, los habitantes se esforzaron por actuar lo más normal que un acontecimiento como aquel podía permitir. Los más fuertes de voluntad regresaron al interior de sus casas, mientras que los demás simularon mantener conversaciones o dar lentos paseos, deteniéndose para mirar las mismas vidrieras semivacías que recorrían a diario.

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Lazos

 

Tiene cáncer dijo, apenas atendí el teléfono. Ni hola, ni ¿cómo estás? Cáncer. No es que el llamado me sorprendiera, o en realidad sí. Lo que no me sorprendió fue el motivo. Desde la muerte de papá, hace más de dos años, mi madre y yo solo nos veíamos cada tres meses y nunca hablábamos por teléfono. Solo nos quedaba una cosa en común, además de la sangre y la partida de nacimiento: Laica, la cocker que papá me regaló cuando termine la primaria y que no fui capaz de arrastrar de esa casa con árboles y jardín en nuestro pueblo a este oscuro mono ambiente en la ciudad.

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